Si en invierno no llevaste abrigo verde militar con capucha con pelos, si en primavera no llevas mechas californianas y en verano no llevas vaqueritos cortos y gafas RayBan de colores, entonces, no eres una mujer cool. Cuestión de moda. Y, sin embargo, yo me sigo quedando con la sencillez de las sencillas.
lunes, 22 de abril de 2013
lunes, 25 de marzo de 2013
Fantasmas
Human kind
cannot bear very much reality…
Hoy me he acordado de una anécdota vivida hará cinco años con Juanxo, un gran amigo de esos que podríamos calificar libremente como un descojone de tío. El caso es que por aquellos tiempos yo vivía en mi querida Valencia, la ciudad del Turia, las Fallas, las naranjas, la horchata y los Seat León con lunas tintadas.
De vez en cuando recibía la visita de algún amigo, al que, como mandan los cánones ciceronianos, había que enseñar la ciudad. En una de esas ocasiones, Juanxo, valenciano de adopción, tuvo a bien acompañarme a enseñarle la ciudad a un amigo.
De camino a la Plaza Redonda (muy recomendable para los que les gusten las piezas de cerámica) fuimos a parar a una calle que no tenía la menor trascendencia desde cualquier punto de vista. Fue ese el momento en que Juanxo, integrando en su aludida característica de descojone de tío la condición de fanstasma, miró a un edificio de esa calle y, ni corto ni perezoso, sentenció: "y este de aquí es el edificio más estrecho de Europa", lo que causó gran admiración en nuestro improvisado turista, que siempre podrá decir como curiosidad que ha visto el edificio más estrecho de Europa, lo que, como Juanxo me reconoció en un aparte, es una vil mentira.
Podríamos haber pasado por aquella calle sin más, mirando al suelo en silencio. Sin embargo, salimos de allí con una historia, por lo menos, curiosa, aunque no fuera cierta.Y es que sin los fantasmas que se inventan estadísticas, agrandan historias y evocan falsos recuerdos todo sería tan tediosamente real que moriríamos del aburrimiento. Necesitamos a los fantasmas.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Se acabó el cachondeo
Llega un momento en la vida de un hombre en que, de repente, se acaba el cachondeo. Lo que se lleva tanto tiempo oyendo a los mayores, un buen día, de la noche a la mañana, es un hecho incontestable, del que no cabe huir. Y de repente te ves con dolor en el cuello y cincuenta mil responsabilidades sobre tus hombros y... haces lo que puedes, con mayor o menor acierto, agradando a unos y desagradando a otros (ah, sí, hay que elegir, ya no vale el infantil pensamiento de contentar a todos)... Y llega el momento del cansancio, pero no hay tregua, los problemas siguen ahí, la gente sufre por lo suyo y no te puedes desentender, y renuncias a una vida cómoda que, por otra parte, no es demasiado factible si te quieres llevar algo a la boca y dormir con la conciencia tranquila (no todo va a ser desinterés). En fin, que son las ocho de la tarde de un miércoles de ceniza y estoy hasta los huevos. Ahí dejo, del tirón, mi particular desahogo. Suerte que es noche de Champions...
lunes, 11 de febrero de 2013
Benedicto XVI, el Papa de lo esencial
Se nos va Benedicto XVI. Es un clásico, una especie de exigencia histórica, poner una coletilla detrás del nombre de cada Papa, dos o tres palabras que condensen lo que cada Romano Pontífice ha aportado o supuesto: si León XIII era el Papa de los obreros, el beato Papa Juan XXIII pasó a la Historia como 'il Papa buono' y Juan Pablo II como 'el Grande.'
Si echamos una ojeada rápida al legado que Benedicto nos deja, llama la atención un hecho: este Papa no ha hecho más que hablar de lo esencial: Jesucristo, el amor y la esperanza, siempre como cooperator veritatis, según su lema, y siempre con una llamativa humildad y honradez intelectual características poco comunes entre los intelectuales. Sus Encíclicas y libros lo atestiguan. Por todo esto, creo que el mejor calificativo para Benedicto XVI es el de 'el Papa de lo esencial.' Gracias por recordarnos lo esencial Benedicto. Te vamos a echar de menos. Otro clásico que se nos va... aunque, gracias a Dios, a la clausura, y no todavía al cielo.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Salir del trabajo
Decía Goethe (joder, qué forma tan pedante de empezar a escribir) que cuando había estado trabajando todo el día, un buen atardecer le salía al encuentro. Creo que se trata de uno de los clásicos más cotidianos y que más felices hacen a las personas.Sólo por esos atardeceres ya vale la pena esforzarse en el trabajo. Para el que ha dado lo mejor de sí durante el día, hasta la extenuación si la causa lo exigía, por la tarde, al salir del trabajo, nace un sol que calienta sin dar calor, acompañado de una suave y agradable brisa, hasta en los días más fríos y hostiles del invierno. Es la merecida recompensa del esfuerzo. La satisfacción que da el trabajo bien hecho. Intangible pero real. Entrañablemente moderada.
Ambulantes de Goya
Son muchos los días que bajo caminando Goya desde Alcalá para que me dé un poco el aire a la salida del trabajo. Y me da el aire, sí, pero suelo llegar de mal humor a la parada del autobús que cojo en la Castellana. El motivo son los cientos de miles de ambulantes publicistas, vagabundos, cooperadores de ONG´s y recaudadores de sangre de la Cruz Roja que me asaltan en lo que pretendo que sea un paseo agradable. Todo lo que tienen de nobles sus causas lo tienen de coñazo cuando se distribuyen una misma calle de dos en dos metros para abordar al personal. Suena fatal, lo sé. Pero hay que padecerlo para comprenderlo...
domingo, 16 de septiembre de 2012
La Fábrica del Real Madrid
Recuerdo haber leído una entrevista -hará dos años- a José Aurelio Gay, de poco afortunado apellido, en la que contaba una anécdota de los inicios de su carrera futbolística, a la sazón en el Real Madrid Castilla de finales de los ochenta. El suceso en cuestión fue que, cuando empezó a parecer que el chico tenía futuro le subieron el sueldo. Él, muy contento, fue corriendo a comprarse un Seat Ibiza, su primer coche.
La compra le salió más cara de lo que nunca hubiera pensado: al llegar al primer entrenamiento se le animó a revocar su flamante compra y se le sustrajo del sueldo una cantidad en concepto de sanción. Resulta que el chico vivía a escasos metros de la Ciudad Deportiva de Chamartín, donde entrenaba, y su padre era un digno obrero que llegaba muy justito a fin de mes. Le dijeron que era bastante más razonable que siguiera dándose un paseo hasta el trabajo, y que con el nuevo sueldo echara una mano a su padre.
La compra le salió más cara de lo que nunca hubiera pensado: al llegar al primer entrenamiento se le animó a revocar su flamante compra y se le sustrajo del sueldo una cantidad en concepto de sanción. Resulta que el chico vivía a escasos metros de la Ciudad Deportiva de Chamartín, donde entrenaba, y su padre era un digno obrero que llegaba muy justito a fin de mes. Le dijeron que era bastante más razonable que siguiera dándose un paseo hasta el trabajo, y que con el nuevo sueldo echara una mano a su padre.
Unos añitos atrás, es sabido que no era raro coincidir en la cafetería del club de tenis de Chamartín con don Alfredo DiStéfano, donde se podía compartir desayuno tranquilamente y sin periodistas. También, como me contaba ayer mi buen amigo Francis, parece que Paco Gento vivía en una pensión los primeros años de su carrera.
Unos añitos adelante, parece que el personal está un poco más triste... Me quedo con José Aurelio, don Alfredo y Gento. Me quedo con los clásicos de la fábrica madridista. A pesar de ser cristiano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




