
Es inherente al ser humano alzar la excusa cuando llega tarde a una cita. Está la velada (por razones que no vienen al caso), la grave (por razones de fuerza mayor), la amnésica (se me había olvidado), la circulatoria (el manidísimo y siempre falso atasco), la familiar (el niño se ha puesto malo), y así un largo etcétera. Todo con tal de no ser sincero y pedir perdón. Por eso cada día admiro más la respuesta que le oí a un tío mío un día que llegó tardísimo a una conferencia que debía impartir y a la que yo asistí: "Lo siento mucho. No tengo excusa: me estaba echando la siesta y me ha apetecido quedarme un ratito más". Hubo descojone en el auditorio y la falta quedó olvidada entre las risas. Qué grande.